domingo, 13 de abril de 2014

Mario Benedetti: El presupuesto

 


   En una oficina que sobrevive con un presupuesto estatal, los empleados tienen muy claro que han de gastar solo lo imprescindible, que no pueden endeudarse en exceso, no pueden comprar a plazos demasiadas cosas porque sus ingresos son muy limitados. Cuando les llega el rumor de que acaso haya pronto un nuevo presupuesto, y con eso un aumento del sueldo de los empleados, uno de ellos, el narrador, dice que de repente descubre que tiene la necesidad de comprarse una lapicera.  Lo ha sabido así, de golpe, nada más enterarse de que se avecina una subida de sueldo. Ah, el capitalismo, las ilusiones del empleado, los sueños plasmados en cómodos plazos: nadie como Benedetti habló del hombre medio, del que es como tú y como yo, al otro lado de esta pantalla. Nadie lo hizo con tanta sencillez, con tanta literatura de la buena como única arma a esgrimir, con tanta verdad aplastante, logro que es el más difícil en ocasiones en un buen relato, pues pocos saben observar con una mirada limpia y fiable, despojada de presunción y de egocentrismo, empática y bienintencionada, aunque el tema no se preste a celebraciones, sino al análisis inaplazable y a la crítica inmediata y saludable. 

jueves, 6 de febrero de 2014

Centenario Cortázar




  Tal vez nos mire burlón desde el otro lado, investigando aún qué sitio es ese en el que está, sintiéndose extraño y muy despierto, alegre porque la búsqueda no termina, porque las certezas no son absolutas tampoco allí, donde canta un pájaro de cabeza albina que anda sobre dos patas con una forma que ninguno de nosotros ha visto nunca, que ninguno de nosotros jamás verá.

                                                            (blog El nombre del mundo) 

jueves, 23 de enero de 2014

Salir de la crisis

   De lo que no me va quedando duda es de que no se puede salir adelante solo, de que no merece la pena salir solo, y es algo que algunos van viendo y entendiendo mejor a causa de la crisis en la que estamos inmersos. El capitalismo financiero y depravado que nos rige intenta inculcarnos un hondo individualismo que le sirve para tenernos separados, aislados, entes solos y sin fuerza. Y únicamente dándonos cuenta de que el hombre no sirve para estar solo ni crea nada solo podremos empezar a vencer lo impuesto desde el poder financiero internacional. Con eso y -como bien aprendo de mi amigo José Luis Campos Duaso- y con saber que en muchas ocasiones el ahondamiento en el yo nos lleva a ver que detrás del yo no hay nada propio, sino muchos aspectos sociales adquiridos, quizá este momento no nos parecerá tan triste, tan propenso a la huida vacua y compulsiva, la fuga hacia la apatía. Saldremos si creemos que para el de al lado vale la pena salir.

miércoles, 22 de enero de 2014

Jorge Luis Borges: Historia universal de la infamia

  Del relato El proveedor de iniquidades Monk Eastman:


   Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Fin de año sin fin de ciclo

   Se va acabando un triste año de frío que no todos pueden combatir con las mismas defensas y encendiendo durante las mismas horas -en muchos casos ni tan siquiera las horas necesarias- las estufas y braseros, un año de mucho paro y desesperanza, con demasiados desahucios -uno ya es demasiado-, demasiados suicidios y demasiado adioses entristecedores. Las caras importantes siguen siendo las mismas y la mentiras se apilan una tras otra hasta levantar montones insostenibles.
   Nadie va a venir a salvarnos, pero los ciudadanos se aferran a aquello de más vale malo conocido y no parece que, en verdad, vaya a producirse ningún cambio significativo en 2014. Volverá a ganar el partido que está en el gobierno las elecciones de turno porque los que salen de sus casas a votar no quieren cambiar de opinión y porque muchos están convencidos de que la crisis es culpa no de los banqueros y de los que ocultan sus fortunas, sino de los que cobran el desempleo, de los que tienen ayudas de 400 euros y de los pensionistas que insisten en no morirse. Estamos donde siempre: los ricos contra los pobres. Solo que algunos pobres se creen ricos porque tienen algo más que los pobres con los que se tratan a diario y los desprecian porque han caído o porque ya no son capaces de levantarse. Hay demasiado fútbol, como siempre, demasiada televisión y unas diversiones encorsetadas,  pero el mundo no se ha parado. Con eso ya tiramos, dicen algunos. Y mientras la corriente sigue arrastrándonos. 
   Desde un rinconcito de este país pobre y triste, desde un rinconcito del sur, os deseo felices días, amigos, y sumo mis votos para que el año no se presente demasiado malo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Joseph Conrad: El agente secreto

 


   No era fácil abordar el tema del anarquismo terrorista, tampoco darles voz a los anarquistas que desean romper el mundo y reconstruirlo mediante explosiones, así que Joseph Conrad optó por la vía de la caricatura, quizá para alejarse de lo contado y para no ser acusado de defender lo que los anarquistas terroristas de su novela defendían, y creo que eso perjudica gravemente la concepción y la comprensión de este libro. Es difícil tomárselo verdaderamente en serio, ya que los personajes no parecen tener vida propia, están vistos desde el humor distanciador y deformador que aplica Conrad sobre ellos como una especie de castigo y no acaban de arrancar y de ser autónomos, de despegarse de las palabras y del tono del narrador de tercera persona, que adolece de un exceso de cultismo que traslada equivocadamente en ocasiones a los parlamentos de los propios personajes hasta reducir la apuesta a un solo intento, un único cabeceo negativo y ridiculizador que aleja a esta obra de la maestría de otras del autor, como la incomensurable El corazón de las tinieblas
   Eso sí: en pocas ocasiones tendremos la oportunidad de leer un texto tan bien escrito, tan bien adjetivado, tan cuidado frase a frase. Conrad envía una lección en el tiempo para los aprendices de escritores y para los escritores profesionales que quieran oxigenarse, tomar fuerzas o, más humildemente, seguir aprendiendo. 
  El problema de este libro es que todo resulta encorsertado, demasiado de una pieza, difícil de creer, excesivamente deformador, y en su sustentación en un armazón teatral falla el hilado de las situaciones, demasiado rígido, con olor a algo antiguo -desvaído sobre todo en su parte final-, que acaba por convertir la novela en un intento inane.  

domingo, 17 de noviembre de 2013

Alice Munro: Demasiada felicidad

  

  Es este un libro más que notable, quizá no del todo equilibrado en la elección de los relatos que lo integran; aunque no tengo ninguna duda de que prácticamente todos son merecedores de amplios elogios. Los libros de relatos difícilmente alcanzan un punto estable de acierto y calidad, algo que suele alejar de ellos a muchos lectores. Cuando se insiste tanto en que se prefieren equivocada o exageradamente las novelas, se pasa por alto este aspecto. No solo se buscan historias más largas y seguir las peripecias de unos personajes. Tampoco es porque cueste mucho cambiar la mirada, adaptarla a otro tono o a otras voces. Es normal que en los libros de relatos haya grandes caídas, dramáticos desajustes que, querámoslo o no, alejan a los lectores. También es cierto que a los relatos se les perdonan menos los errores y que se prestan al simple acierto casual y luego no continuado o no bien desarrollado. 
   Alice Munro es autora de libros de relatos y de una sola novela. Sus relatos son de mediana -e incluso larga- extensión y caben en ellos historias que en manos de otros devendrían novelas, seguramente. Pueden pasar meses y años, ocurrir muchas cosas, aparecer y desaparecer un buen número de personajes. Como en las novelas. De ahí que algunos hayan dicho que Munro escribe relatos que son como novelas, promoviendo separaciones y disquisiciones que a la postre se presentan casi siempre débilmente argumentadas o demasiado subjetivamente argumentadas. Munro posee un gran talento, una voz propia y un estilo sencillo y claro. Centrémonos en esto. 
   Ante todo, cabe decir que Munro es una escritora realista. Parece que suena mal, y pocos nos lo han recordado después de que la autora canadiense obtuviera el más preciado galardón de las letras el pasado mes de octubre. Es, diría yo, inconfundiblemente realista, a la antigua usanza, portadora de una llama que no puede dañar la mirada de ningún lector de mi edad, que conozca a Hemingway, Aldecoa o Dostoievski -y tampoco a ningún otro que no se conforme con la épica y la fantasía-. Con el maestro ruso comparte una definición más exacta: realismo psicológico. Pues a Munro le gusta saber qué hacen sus personajes, qué los motiva, que sienten ante cuanto viven, rechazan y aman. Munro está muy cerca de sus personajes y promueve la empatía, como ocurre en el último cuento del libro, que tiene a una persona real por protagonista, la matemática rusa Sofia Kovalevski. 
   Decía que el libro no está equilibrado porque este último relato nada tiene que ver con los anteriores, rompe una dinámica y parece pertenecer a otro libro. No solo porque su desarrollo tenga como paisaje y fuerte presencia los años y algunas ciudades del siglo XIX, sino porque escapa a la poética de casi todos los anteriores -hay uno que tampoco cuadra demasiado, pero no tanto-, en los que el pasado y algún hecho ominoso, inolvidable o incluso luctuoso han marcado la vida de los protagonistas y cuelgan imborrables en el recuerdo de los personajes, como cuadros inmensos en una galería viva y personal. Señaló muy acertadamente mi amigo Juan Herrezuelo que el pasado actúa como una losa a veces, como una condena o un pozo sin fondo en el alma de estos personajes, al modo de mi admirado Ross Macdonald, maestro de la novela negra y también canadiense. Y en todos los relatos menos en dos es decisivo, es el motor o la barrena, el catalizador o la trampa. El pasado es la vida y lo muerto, lo que alumbra y lo que ciega en los relatos de Demasiada felicidad. Asimismo, hay aquí más de un homicidio, más de una muerte violenta, y no se acerca Munro a los territorios más difíciles de explorar -los de la violencia y la muerte no natural de los seres queridos- de manera pacata ni blanda, no rehúye lo duro y no les resta importancia a los diálogos directos, en los que se habla de los motivos para matar, sino que los enfrenta con una naturalidad desarmante, enriquecedora, fascinante, iluminadora. Y quiero hacer hincapié en este aspecto porque también hay quien se ha esforzado ya por crear una imagen descafeinada de Munro, hay quien ha querido encasillarla en el grupo de las escritoras que escriben solo para mujeres, para lectores de mesa camilla y libro en la tarde del domingo o para lectores anodinamente pulcros. Nada de eso. Munro no es una escritora trasnochada, sino un clásico de las letras universales, adictiva y sincera y muy fiel a sus ideas y a su realidad cercana, una realidad actual, reconocible, a la que muy pocos autores se aproximan con oficio y ojos limpios, con vocación de desentrañar y de explicar sin moralinas y sin exhibicionismo. 
   El primer relato del libro, Dimensiones, me parece una obra maestra de la literatura actual. También Pozos profundos. Y no lo es menos Juego de niños. Así que son tres en un solo libro. Sí, lean a Munro, lean a Munro. No pierdan más el tiempo y busquen ya uno de sus libros. 

martes, 5 de noviembre de 2013

Rafael Chirbes: Crematorio




   Recorre esta novela algo terrible e inasible, un aliento de muerte y corrupción, de lo que no ha sido y de lo que fue y ya no sirve para nada,  a no ser para provocar repugnancia y lástima: la vida falseada, la vida mentida, la vida escapada. Cuesta acabar de leer Crematorio, no puedo dejar de decirlo aquí. Es una novela en la que el autor ha vertido un gran dolor, una gran desesperación, una enorme desilusión por lo que ve y entiende que es la España de aquí y de ahora,  por lo que se ve cuando la muerte está cerca y nada hay para consolar al que va a desaparecer irremediablemente. Es esta la novela de un gran vacío, de un hueco insondable en el pecho de unos seres, acaso de una generación, que han malgastado sus fuerzas para acabar descubriendo que todos mienten, que el dinero es la única verdad palpable y canalla que nos mueve y nos condiciona y nos educa y, finalmente, nos destruye y nos olvida. Cuando las almas se queman -pongamos que existen las almas, aunque solo sea en esta frase- no dejan atrás ya ni cenizas, nos dice esta furibunda novela, y lo que esparcimos al viento ni al propio viento lo molesta, no conseguimos ni siquiera que le haga cosquillas en la nariz. 
   Chirbes explora las almas -pongamos que existen las almas, aunque solo sea en este párrafo- de un constructor y arquitecto que se ha entregado a la prevalencia de los goces y se ha olvidado de sus deseos de juventud y todo lo justifica recurriendo a lo que le queda: el goce de lo material; de un escritor que ya es solo una piltrafa y que no ha logrado ser, en su depauperada vejez, digna palabra al lado de las celebradas palabras que escribió para sus libros; de su biógrafo, profesor y crítico que lo soporta y lo detesta, que cada vez comprende menos y menos quiere comprender cuanto ve y siente; de una hija que detesta al padre que destruye el paisaje y los sentimientos para quedarse tan solo con el fruto de cambio del dinero, dinero, asqueroso dinero que no sabe de almas ni del consuelo profundo de las almas. Y explora desde dentro, sin dejar zonas sin auscultar, recoveco alguno, con una luz que horada, que hace sangrar el interior de cada personaje. Como digo, cuesta acabar de leer el libro, cuesta adentrarse más, cuesta encajar y cuesta ver a tanto ser expuesto como a criaturas de un Goya inmisericorde. No hay héroes en Crematorio, no hay héroes en nuestra actual sociedad, solo supervivientes que se miran a un espejo con una cuchilla de afeitar entre los dientes, con una mueca salvaje dirigida contra sí mismos. 
   Sería mejor esta novela terrible -prefiero la última del mismo autor, esa En la orilla de la que ya he hablado en este mismo blog- si Chirbes hubiera acotado un poco el despliegue culturalista de que hace gala en los monólogos y las conversaciones de los personajes de este granítico libro. Se le ha escapado una identificación excesiva con ellos, los ha dotado de demasiado mundo propio reflejado y eso, sobre todo en la última parte de la novela, resulta pesado, demasiado libresco para una novela de corte realista, a la que asomarse más con el espíritu- pongamos que existe el espíritu, aunque solo sea en este párrafo- que con la boca, el oído y las manos. Sí, Chirbes apela al materialismo, concluye que nos asesina el materialismo, pero a la vez quiere equilibrar con una belleza y muchas referencias cultas que apartan a sus personajes de otras verdades más humanas y diría que más simples, más sencillas que son las que los habrían definido mejor, más poderosamente, más individualizadamente. Pero cada escritor opta por una perspectiva y cree en sus estrategias o se deja llevar por sus demonios, y eso le ha valido a Chirbes legarnos esta novela iracunda, auténtica, amarga y de una pieza, todo lo contrario a la mentira de tanta fabulación sin verdad y sin coraje que corre suelta y temporalmente triunfante por ahí. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Pío Baroja: La busca

   


   Pío Baroja es uno de los grandes maestros en dotar de lógica a un relato y en mantener el lógico devenir de unos personajes y eso está presente -y en qué alto grado- en La busca, una novela realista y con amplios detalles de caracterización psicológica de la mejor calidad. No falta, por supuesto, en la novela el valor más destacado de la literatura barojiana, el afán de verdad, que quizá en ningún otro autor, salvo Balzac, he visto tan puro y coherente. La historia de los años de entrada en la edad adulta del personaje principal, Manuel Alcázar, es vista por el autor vasco con la exacta distancia que requiere la novela para no ser ni melancólica ni blanda, ni agresiva ni chocarrera, ni desapasionada ni demasiado envolvente en las miserias y tristezas que jalonan la busca de Manuel mientras intenta encajar en el mundo. Como es habitual en Baroja, se comprende al desamparado, al vencido y humillado, se elige viajar a su lado y entender sus errores, se trata al desposeído con aprecio y se sitúa la mirada narrativa a su altura. No hay condescendencia, no hay rechazo, por supuesto, y tampoco hay una moralina rampante detrás, una conclusión cercana al ya-te-lo-dije, ya-se-sabía, pues la comprensión que del ser humano muestra Baroja en esta primera parte de la trilogía La lucha por la vida, por sus debilidades y sus miedos, es nítida y apasionante en su valoración amplia y acogedora, abierta y congregadora de una esperanza de futuro que no siempre es señalada ni destacada cuando se realiza un estudio sobre este inmortal relato.   
  Hay muchos personajes dentro de La busca, muchos mostrados al vuelo -aunque con una precisión raramente igualada por su viveza y su amplia variedad descriptiva- y otros fijados con precisión, los más relevantes, como es costumbre en Baroja, que amaba el discurrir de la novela como el de un río con mucha agua. Hay algún momento en que se abandona el curso principal de la historia, pero no importa: todo lo que se cuenta hace mella en Manuel, ayuda a definir su personalidad, lo enriquece como persona y le sirve para decantarse por unas vías y no por otras en su incipiente caminar solo por un mundo de pobreza y de exclusión, de dolores asumidos como inevitables, de acatada injusticia social que, como es también habitual en una novela de Baroja, se nos muestra con la justa crudeza y la entereza agria que resultan de ver cómo los de arriba se sujetan a su silla y solo reparten limosnas entre los que no tienen para sobrevivir más que un suelo duro y una batalla incansable por delante cada día para conseguir un trozo de pan y un bocado de queso. Hay páginas que cuesta leer, hay sufrimientos que apenan, pero no ahorra detalles nuestro admirado autor porque sabe que hurtarlos sería desdibujar, alejar, mentir: así, la entrada y salida de Manuel en la delincuencia conmueve porque vemos al personaje débil e indeciso frente a sus compañeros curtidos y entregados con fatalismo a su sino, pero conmueve por sustracción, nunca por exceso, lo que debió de agradar a Hemingway, lo que sin duda -junto con otros aspectos no menos decisivos- influyó al Marsé de las novelas más logradas y al mejor -olvidado ahora o arrojado al limbo- Camilo José Cela  a lo largo de toda su desigual carrera: la vida era así, parece decir Baroja, y yo no puedo ni quiero quitarle lo que la define de verdad. Por eso sigue leyéndose a este escritor hoy en día más que a ninguno de su generación y por eso hay muchos que defienden que es el mejor novelista español del siglo XX, por eso sigue generando polémica su figura y poca o ninguna discusión la grandeza de su obra. Aquí estoy, con otros a los que viví y traté, dice Baroja entre líneas, y con su estilo directo, intuitivo, desacomplejado y antirretórico, en suma inmortal, nos legó historias que nada borrará. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Joyce Carol Oates: Puro fuego

   


   Una banda de chicas, en los años 50 del pasado siglo, apartadas de los hombres y decididas a no confiar nunca en ninguno de ellos. La lidera una muchacha atrevida, valiente, impetuosa y que posee el carisma necesario para ser seguida por otras que confían ciegamente en su buen juicio, en sus actos, los comprendan o no, los acepten plenamente o no, porque detrás de cada pensamiento de la líder hay una defensa de los oprimidos, de los débiles y de los pobres. Ninguna de ellas es rica, por supuesto, y son todas menores de edad. No dudan en llevar navajas encima ni en hacer uso de ellas. Foxfire se llama la banda. Y, contada su historia por una de las integrantes más cercanas a la líder y fundadora, muchos años después, con un estilo libre y desenfadado, elegantemente literario y ágil, no es la novela menor que algunos críticos han juzgado. 
   Joyce Carol Oates viene siendo editada y leída con asiduidad por estos pagos desde hace relativamente poco tiempo, tratándose como se trata de una de las grandes escritoras de la actualidad; dicen incluso que eterna aspirante al premio Nobel. No creo que se planteara esta novela como un descanso entre dos apuestas mayores y no hay en el libro ninguna caída ni desmayo alguno que justifique juicios negativos sobre el valor de este buen texto, quizá descompensado en su parte final pero de una calidad incuestionable. El punto de vista está muy bien elegido, y la narradora aficionada a la escritura y de carácter apocado que recuerda/revisa sus años de pertenencia a la banda de chicas no lo hace a la ligera, sino aún sorprendida, con muchas preguntas vivas que no alcanza del todo a responder, como le ocurre al lector, que agradece las zonas de sombra y de cuidada  insinuación que permiten un espacio a la imaginación continuadora. Quizá pesa la mirada juvenil sobre la adulta, y ese sea el fallo principal de la novela, pero es un fallo menor ante tantos aciertos como presenta Oates: un recorrido vigoroso por los años de las bandas y de la sociedad pobre de las pequeñas ciudades; una apuesta diferente al centrarse en una formada sólo por chicas, con un personaje principal muy bien definido, memorable, esa Legs Sadovsky inapresable, inteligente y siempre solidaria, de clara tendencia contracorriente pero no individualista ni egocéntrica, empeñada en la defensa del pobre contra el rico y de la mujer sin más salida que el matrimonio contra el hombre sojuzgador y deseoso de la posesión, del sexo dominante; una extendida aventura que empieza siendo juvenil tan sólo y luego se adentra en terrenos próximos a los de algunos maestros de la novela negra -me viene a la memoria como ejemplo Jim Thompson-, sin olvidarse de un humor muy ajustado y de una gracia picaresca que al lector español no le parecerá desatinada; un recuento de la edad y del paso del tiempo y de las ilusiones derrotadas sin falsas nostalgias, sin sentimentalismo de cartón piedra. Son muchos aciertos los que dibujan una novela que, partiendo del subgénero juvenil de aventura y pandilla, plantea agudas reflexiones y nunca se conforma con fáciles fórmulas de aceptación masiva, pues busca también algo de concienciación, de crítica social y de clara, aguda subversión, algo que en otro manos sería sólo un entretenimiento o un best seller y en las de Carol Joyce Oates nunca abandona la vía de la novela adulta, desacomplejada y necesaria, con atributos que, como bien sabéis, no son nada frecuentes en estos tiempos de literatura de entretenimiento, de literatura casi exclusivamente creada para el mercado y para el lector de un libro al año. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Isaac Rosa: La habitación oscura

 


   Considerado uno de los más destacados autores jóvenes de nuestro país, Isaac Rosa ha publicado ya varias novelas que le han reportado críticas admirativas y valoraciones de elevado tono halagador. Presenta ahora La habitación oscura, novela que acaba de editar Seix Barral. Valiéndose de una imagen original y de innegable potencia, una habitación oscura en la que se cita habitualmente un grupo de amigos para practicar sexo sin saber quién abraza a quién y quién lo hace con quién, arranca una historia que le debe a Kafka y al Saramago de las novelas con tintes parabólicos parte de su concepción, y que la lleva a ser una historia más abstracta y más contada en tono de fábula de lo que el lector espera cuando en la fajilla de promoción lee con letras grandes: La novela de tu generación. No le resta esto ni un ápice de interés a la lectura de la novela, pero creo necesario advertirlo para que el lector interesado sepa qué va a encontrarse. Y que no es de menor valía por la anteriormente dicho, ni una apuesta blanda de un autor que pretende ir a más y que atesora aún una importante juventud. Pues es irreprochable el tono con que se cuentan los hechos que acontecen en la mencionada habitación oscura, como lo es también la estructura de la obra, producto de una bien elaborada intriga y de una persuasiva suma de elementos y una bien medida aparición de los personajes más decisivos. 




   Hay varias escenas que solo un escritor de gran talento puede ofrecer: un intento de violación, las primeras reuniones de los que al principio acuden a la habitación solo en busca de sexo, las inmersiones en la habitación oscura de quienes buscan refugio ante los males de la sociedad y las desavenencias en las relaciones personales y solo quieren el silencio y la mansedumbre de un lugar que es como la vuelta al cálido e invulnerable seno materno. Son las páginas más literarias y más conseguidas de la novela, notables cuando menos y sobresalientes algunas, incluyendo el capítulo Uno, narrado en primera persona del plural y absorbente, lúdico, pleno de atmósfera y de imágenes inolvidables (quizá lo más logrado de la novela, con una prosa muy dúctil y muy personal, arrebatadoramente literaria). 
   Y hay, pese a todo, una sensación de que Isaac Rosa ha querido fijar demasiado los límites, la apuesta, y que teniéndolo todo bajo control no ha querido dar rienda suelta a lo que la novela también pedía: más espacio para la denuncia social, para la vida de los personajes más allá de la habitación oscura y de los avatares laborales, quizá porque se pretendía contar una historia que sirviera a cualquier lector, de cualquier país, y por eso se han omitido datos más locales, más cercanos que habrían, sin embargo, ayudado a hacer más reales a los personajes, más sufrientes y más propensos a la empatía. Queda una novela algo fría, centrada en unos cuantos personajes que son simbólicos y vagamente utilitarios, como algo utilitaria es la adición de la intriga informática y la resolución policial de la trama, que puede resultar quizá superficial, demasiado trágica. 
   La habitación oscura es una de esas novelas que uno espera y celebra que se publiquen, que alegra que tengan un hueco en el catálogo de una gran editorial como Seix Barral. Es una novela de fácil lectura y con una historia original y dura, fascinante en la mayor parte de su desarrollo, actual, contada sin concesiones y sin mentiras, con los filos y aristas de autor que no se conforma con mirar y callar, seguramente más perdurable que la mayor parte de lo que hoy en día se publica y, sin duda, establecida en la cara iluminada de lo que sirve para hablar y debatir, pues postula caminos para el rechazo, para la contestación y la lucha contra un sistema que invita al pesimismo y a la inacción aunque paralice a la vez de miedo y mate de hambre, como hemos visto recientemente en Sevilla, la ciudad donde nació Isaac Rosa, un autor al que no hay que perderle la pista bajo ningún concepto. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Pío Baroja: El árbol de la ciencia

   


   Es sorprendente la vigencia de esta novela, tanto por los temas que aborda como por el estilo con que está escrita. Sin duda, Pío Baroja es un clásico vivo, enteramente vivo, y quizá esto se deba a que su claridad de pensamiento está presente en todas y cada una de las páginas de El árbol de la ciencia. Encontrarse con científicos que salen de España porque aquí no hay medios para continuar con sus investigaciones, con estudiantes que acaban una carrera y luego no pueden ejercer jamás su profesión porque no encuentran una plaza, con hombres pobres que se conforman aunque ven que son explotados y engañados desde las altas esferas, con poderosos que se benefician del poder de su dinero y de sus amistades para seguir explotando a los que están debajo de ellos en la escala social, con juerguistas que recurren a prostitutas obligadas y amenazadas, con defraudadores de la Hacienda pública que no tienen remordimientos, con un capitalismo fuerte e invicto que lo deglute todo no es sino hallar un espejo de lo que nuestro tiempo, el del siglo XXI, ofrece también a quien lo observa y lo padece o lo disfruta o lo ignora en la medida en que puede ignorarlo. Todo esto está en esta novela publicada en 1911.
   Y está sustentada su vigencia también en dos aspectos muy destacables y significativos: las ideas y el poso de verdad. Baroja era un novelista de ideas, como muy bien señaló hace tiempo José María Vaz de Soto: inundan todo el texto las meditaciones del autor en torno a muchos temas, a la par que se desarrollan muchos hechos, como es habitual en los escritos del maestro vasco, uniéndose de una manera perfecta, imbricándose hasta hacernos entender que así es como funciona el mundo barojiano, con la acción y la meditación sobre lo ocurrido inextricablemente unidos, siempre sin retórica y sin aderezos vanos, en un continuo fluir armonioso que no ha perdido su vigor y que hoy en día sigue siendo ejemplar y que, orillando todo prejuicio personal o adquirido mediante las sentencias que nos llegan de otros en torno a la obra de este inmortal creador, ofrece un resultado casi enteramente asumible y, diría más, defendible. Pues Baroja se posiciona aquí del lado de los de abajo, sentencia a los explotadores y a los usureros, reclama un movimiento de protesta de los oprimidos y se muestra anticapitalista, inconformista y valiente, muy valiente denunciando y señalando las lacras de su tiempo, que no son muy diferentes de las del nuestro. Lo que me lleva a acabar diciendo que apenas existen en nuestras letras autores que manejen un poso de verdad tan grande en sus libros como este Baroja pesimista y sabio, de mirada despejada y verbo atrevido, que arriesguen tanto -con temor a acertar y a equivocarse a menudo- y se expongan tanto, ahora y entonces, ahora y siempre, por lo que desde este presente confuso y tan cuajado de mentiras y manipulación en todos los ámbitos de la vida no puedo sino festejar tan valiosa, inolvidable lectura, menos pesimista de lo que muchos creen, confundiendo realismo con oscuridad y marginalismo, toma de conciencia con deseo de destruirlo todo, afán de renovación con desdén y falta de moral. Baroja es un clásico inmortal y El árbol de la ciencia la magnífica prueba de que la literatura mejor es que la sale de meter las manos en el barro de la realidad para, con ellas sucias, manchadas, arañadas, heridas, estar luego dispuesto a dejar testimonio, crónica, verdad.