Reseña en Perdidos en la Atlántida
En el blog Perdidos en la Atlántida, una reseña de Última noche en Granada. Podéis verla aquí.
Ernest Hemingway: Allá en Michigan
Es un relato corto, de apenas siete páginas, y absolutamente magistral.
Una mujer enamorada de un hombre que apenas le presta atención. Deseosa de que él se acerque, la toque, le hable. Ella espera. Es una mujer de una época muy concreta, que no se lanzaría jamás, que entiende el amor como espera y entrega.
Un hombre que se da cuenta de que ella lo espera. Que aguarda una oportunidad o no piensa demasiado en ella, sabedor de que cuando dé un paso, el primer paso, ella responderá afirmativamente, se abandonará en sus brazos.
La narración, en tercera persona, no malgasta adjetivos, imágenes, escenas. Muestra casi tanto como esconde -la conocida teoría del iceberg del autor-, permite entrever pero nunca hurta, porque cuando se produce el encuentro están todas las palabras necesarias, no faltan las caricias y no falta lo real.
Hay rudeza. Tanta como delicadeza en el encuentro de esos dos llamados a estar juntos aunque sea una única vez. Y el equilibrio es inmejorable porque podemos verlos a los dos, vemos al hombre y a la mujer. Y, además, la mirada se queda con ella, la acompaña finalmente a ella, nos pone del lado de ella, lo que rompe de paso con el extendido tópico del machismo inamovible de Hemingway.
Nuevas reseñas de Almería 66
La nueva filosofía española
En El Cultural del pasado 28 de octubre se dedicaba la primera sección de esta revista gratuita (que se entrega los viernes con el diario El Mundo) a recabar interesantes reflexiones de las nuevas voces de la filosofía española, que tienen mucho que decir sobre la función de su trabajo, la crisis actual y las nuevas tecnologías. Me parece muy acertado este reportaje, que ha corrido a cargo de Jacobo Muñoz.
Jorge Fernández Gonzalo: Internet es una máquina emocional, una complejidad en sí misma que debe ser pensada. Y eso ya es filosofar.
David Casacuberta: Yo en Twitter sigo a gente muy interesante que cuelga referencias de filosofía y ciencias cognitivas casi cada día.
Eduardo Maura Zorita: Y es curioso lo de las redes, porque uno ya podía leer agudos diagnósticos filosóficos, menores de 14o caracteres, en los aforismos de Kraus o Nietzsche.
Belén Altuna: Pero ¿de verdad ha habido en el pasado épocas mejores para la reflexión?… Gracias a internet, la información es mucho más horizontal y disponible para todos.
Inmaculada Murcia: Sólo formular determinadas preguntas puede traer consigo el derrumbe de las creencias enquistadas y nunca puestas en cuestión.
Joaquín Fortanet: Existen demasiadas voces que afirman con rotundidad los caminos a seguir, las maneras de ser, los modos de pensar, hasta tal punto que puede llegar a parecer que nuestra vida nos es ajena.
Alberto Moravia: El conformista
Estamos solos, estamos irremediablemente solos, y en contadas ocasiones conseguimos comunicarnos con otros, hablarles desde lo que constituye nuestra esencia, que es contradictoria, quizá ciega, temerosa siempre. El conformista de esta novela se siente terriblemente solo y se integra en el grupo para alejar los fantasmas del miedo y el aislamiento. Se hace fascista, se convierte en agente del gobierno, se casa y busca tener descendencia, como todos los hombres que le rodean, llevados por la marea del tiempo y por la fuerza de los vencedores y los que dirigen a las masas. Es un hombre normal que anhela la normalidad después de haber matado a un hombre cuando él era un niño fascinado por las pistolas y atractivo para los pederastas. Arrastra el secreto y la culpa y cubre el hueco que crea en su interior con la integración en un mundo que, como a todos, se sirve de él, lo utiliza sin compasión, con absoluta indiferencia, pues donde no hay fraternidad nada existe, aunque lo parezca si se ven lucir banderas de alegría y libertad.
Alberto Moravia narra en tercera persona pero siempre desde una corta distancia del personaje, desde sus miedos y sus anhelos, desde sus actos y sus más íntimos pensamientos. Y crea una obra que es mitad acción exterior y mitad psicológica, magistralmente dialogada y llevada por terrenos de los que pocos autores pueden salir con logros y aciertos tan absolutos. Conduce la historia por caminos claros con sombras al fondo, acechantes, que sabemos que acabarán por adueñarse de todo. Elabora desde el más claro realismo la trama y la presenta con dos intrigas que palpitan al compás de los acontecimientos y andan por vías paralelas que terminan por encontrarse, pues Marcello es un agente secreto del gobierno y es reclamado para realizar una misión en la que tratan de eliminar a un enemigo de los fascistas. Y hay una materia que como pocas maneja Moravia: la palabra, la frase que se encadena plena de información y sentido, nunca alardeante, nunca enjundiosa porque sí: una palabra insustituible, un estilo que da color y forma a cuanto dice y cuenta y muestra y calla: una palabra tan fascinante como la de Faulkner, la de Proust o la de Flaubert. Y lo afirmo porque tengo a esta novela por una de las más grandes del pasado siglo, de las más necesarias para el actual y los venideros, pues a su valía como obra de arte maestra suma un conocimiento del ser humano inigualable, una apuesta por la comprensión de las dudas y las vacilaciones, la bondad y la maldad inextricablemente unidas -con Dostoievski como máximo inspirador de este mundo- que hacen aumentar el entendimiento hondo del ser humano, del que sufre y del que inflige dolor, del que asesina y es asesinado no mediante el discurso ni la tesis sino mediante la más pura creación y la más lograda encarnación en personajes que pueda imaginarse.
Otra tierra, De Mike Cahill
La idea de partida no puede ser más apasionante: Otra Tierra, exactamente igual a la nuestra, en la que además están unas personas que son otras y a la vez nosotros mismos, o al menos como nosotros, con los mismos nombres y el mismo pasado. Pero el director y el guión no se aventuran al espacio para adentrarnos en una historia de ciencia ficción, sino que, por el contrario, orillan todos los tópicos previsibles, todos los artefactos, y nos presentan a unos personajes sometidos por un hecho del pasado que para ella será motivo de arrepentimiento, pesar y dolor; y para él, nada menos que el deseo, el impulso de desaparecer, de morir junto a su mujer y su hijo, a los que perdió en un accidente ocurrido por culpa de ella. Esos dos seres heridos se encuentran y, con una banda sonora diferente, con ruidos y sin apenas romanticismo superficial, se comunican y se abocan a quererse o a destruirse.
Los planos de la cara de ella, cercanos en ocasiones y desnudos, sin artificios, nos ayudan a adentrarnos en lo que piensa una mujer que trabaja de limpiadora y que se sabe una más, marcada por el accidente pero también por algo que ya nunca cuajará, nunca la llevará lejos de sí misma, nunca le permitirá superarse, saltar una barrera que todos tenemos impuesta por culpa de nuestros sentimientos equivocados y nuestras limitaciones de ambición y anhelos de superación.
El rostro de él, que se nos hurta al principio, es el de quien se ha hundido en la nada que es la vida cuando solo te tienes a ti mismo, y por eso vemos más el gorro que siempre lleva puesto y su perfil hosco. Atina a dar órdenes porque se mueve a impulsos, no se extraña de las visitas raras porque está angustiado y sumido en un espacio en el que todo es raro, él es raro para sí mismo por el simple hecho de seguir con vida tras despertar del coma.
Sundance acertó premiando a esta película que discurre sin aceleros, reflexiva, y tiene a otro personaje conmovedor, que, como los mejores personajes, plantea preguntas y no da respuestas fáciles: el viejo indio. También el final es abierto, porque esta historia no es un blockbuster, sino una meditación.
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