Mostrando entradas con la etiqueta Camilo José Cela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camilo José Cela. Mostrar todas las entradas

Camilo José Cela: Marcelo Brito

 


Marcelo Brito es un ejemplo de la narración y la plasmación de ideas diamantinas de Camilo José Cela, un relato donde todo está a la vista y brilla con un fulgor intenso, nunca deslumbrador en vano y siempre con una claridad expositiva que induce a algunos a pensar en facilidad excesiva y es en verdad claridad de ideas y economía de medios magistrales, casi inigualables. Cela se vale de una voz que le habla al que recoge la historia – el propio autor- utilizando magníficamente su buen oído para la narración oral y le añade una elaboración netamente literaria que alarga la frase sin forzarla y ajusta la intensidad y el tono con una pericia de hábil escultor que extrae y define sin error y sin violencia ni exhibición. Durante algunos trechos me ha parecido escuchar ecos de Faulkner y no he sentido disonancia alguna.

   Típico de Cela es que a la emoción la contrapese la dureza, que a la medida sentimentalidad la compense la crueldad, que al lirismo lo endurezca la crudeza, y todo eso está en este relato que es realista y que cuenta tristezas de gente de pueblo, con una muerta por un hachazo y una pena por niños que mueren siendo demasiado pequeños, y así  vemos que el equilibrio es tan perfecto para que no sobresalga nada con filo de risco que la admiración crece y crece ante la escritura del gran maestro. Este relato es antologable, de esos que deben estar en los libros que quieren contar el siglo pasado con historias reales y ciertas, aderezadas de la mejor literatura y que sirven de crónica de un tiempo que refleja muy bien la pobreza, el atraso, la indefensión en una época que cualquier sociedad ha visto o verá en algún momento de su existencia. Es un relato tan perfecto que uno siente alegría y un cierto encogimiento como escritor, pues se sabe ante la creación de un absoluto gigante de las letras, inimitable y vivísimo.

Camilo José Cela: La colmena

 




   La colmena se mantiene muy viva setenta años después de ser publicada. Ha pasado con solvencia la criba del tiempo, se ha asentado en ese lugar que ocupan algunas obras inmortales, escasas y rutilantes, que se mantienen abiertas siempre a nuevos lectores y nuevos diálogos porque nacieron para ser entendidas y asimiladas sin pesadas digestiones. Aunque a Camilo José Cela no se le lee como antes, eso no le ha restado importancia al libro, que es el ejemplo máximo en nuestro país de la novela crónica. La abundancia de personajes, la gran variedad de los mismos es algo que siempre se destaca y en lo que no insistiré. Que las historias de estos no tengan un principio claro ni un final concluyente sigue pareciéndome un acierto mayúsculo, pues así es la vida tal como la vivimos y vemos: no sabemos nunca muy claramente de dónde venimos, la mayoría, y no sabemos dónde acabaremos: lo que importa es el camino, el andar del momento, y por eso la novela está narrada utilizando un tiempo presente que aproxima y define, fija a la vez. Cela acercó a su narrador a estos personajes para hablarnos un poco de ellos, con cuidado, diría, sin querer abusar, sin invadir, como el amante de la naturaleza a sus animales queridos: y no creo que sea una comparación vana: hay una mirada bondadosa vertida sobre esos seres, no hay crueldad ni ganas de borrarlos de la faz de la Tierra: el narrador parece decir que son sus hermanos. De ahí mi reivindicación constante de la obra de Cela, pues su humanidad se muestra aquí en todo su esplendor, y no creo que haya escritor ni lector acuciado por la ideología que pueda despachar esa mirada a la ligera, apartarla por centrar su atención en el autor y no en la obra, que bebe de un innegable existencialismo y de un humanismo abarcador, envolvente, que supera siempre los efectos algo crudos de algunos párrafos.

   Que a mí, incansable detractor de la frase hecha, no me molesten las frases hechas de esta novela tiene su explicación: detrás de ellas hay sabiduría, no conformismo. Cela utiliza la frase hecha y caracterizadora, la frase hecha y ahondadora, la frase hecha y escrutadora, la frase hecha y liberadora. En la novela no hay frases hechas porque el autor no diera para más, no se esforzara en buscar la originalidad o apretara demasiado para avanzar en la redacción del libro, no: la frase hecha vive con los personajes y en los personajes: y así se comprende que sale de dentro, no desde fuera, desde donde la impondría el narrador.

   Las tiradas líricas, los comentarios líricos, las descripciones líricas de La colmena son también magistrales. Cela las administra con hondo sentido y las va soltando medidas, algunas inesperadas, y en todas ellas late el escritor excepcional no por el acierto de la palabra, sino por la unión de la palabra bella y la descripción bella con el material elegido y expuesto a ojos del lector: no hay empalago, mentira, falsedad, postureo en ninguna de las manifestaciones líricas del libro, no están puestas para que el lector advierta que Cela era genial: tienen el equilibrio exacto de materia y letra, de materia y esencia, de materia y verdad, de materia y palabra. Alumno de Cela en esto, no me canso de decir que como en este maestro de lo irónico y del retazo impactante en ningún otro hay también la capacidad para la muestra de lo lírico narrativo con tanta sensatez y tanta humildad.

   Cómo me gustaría, en este mundo tan dañado por el individualismo y por un capitalismo que solo quiere personas aisladas, héroes de un rato y narraciones del yo, que hubiera más novelas como esta, que ya tiene más de setenta años, pero acaba de nacer. Durará siempre, mientras haya quien quiera saber qué es la colmena humana.



   (En la edición de Cátedra cuenta con un breve e inspirado estudio de Jorge Urrutia que recomiendo leer y releer, como la propia novela)