Richard Ford: El periodista deportivo

    Releo esta novela despacio, disfrutando de la prosa sencilla y efectiva de Richard Ford, a la que no le faltan hallazgos y detalles muy creativos que nunca le restan verdad. Este estilo y esta voz narrativa me impresionaron hace muchos años y me marcaron, me dejaron una huella que no puedo ni quiero negar y seguramente se percibirá en mis novelas y en mi libro de relatos (influencia benéfica, mi vasallaje a tan magnífico escritor). Como siempre, deploro el uso de la frase hecha, que me parece detestable porque el autor tiene todo el tiempo del mundo para pensar y mejorar su trabajo, pero Ford usa las frases hechas con mucho sentido y nunca descansando en ellas, para breves ajustes que no alejen su prosa de la normalidad y de la proximidad con el lector, también con la sinceridad del narrador, por lo que no me molestan apenas. Veo que en este libro hay sobre todo un personaje, que es uno y síntesis de un tipo de estadounidense y de hombre de finales del pasado siglo fácilmente reconocible: un antihéroe, un hombre despierto pero no muy destacado, amante de las faldas y un poco obsesionado con ellas, padre sin una intensidad mareante, esposo distraído y continuo observador de sí mismo y de sus fallos, más que de sus aciertos. Es un personaje que vino para quedarse y ser fundamental en la literatura reciente, y lo prueba que Ford le dedicó con justicia tres libros más y ha obtenido un reconocimiento universal por su maestría narrativa. Con Frank Bascombe cambió (tiene Ford dos novelas negras anteriores a esta que son de muy alta categoría), creció y tiró por otros caminos que no traicionaban lo iniciado y fortalecen su creatividad sin ajustarla a nada establecido, limitado. Bascombe es tan decisivo como Harry Conejo Angstrom para mí, y su autor tan inmortal como John Updike.   

   Bascombe es un derrotado de la vida, un fracasado escritor y un marido fallido, pero su lema es seguir adelante y no complicarse la vida y ver ésta con sencillez, como uno más, sin dañarse, porque nos dañamos demasiado con nuestros sueños y nuestros deseos. Quiere ser un buen padre, pasar buenos ratos con una buena chica, disfrutar con su trabajo y no vivir en una ciudad grande y entre grandes problemas. Un perfil bajo, que se diría ahora. Alguien que intenta ser feliz pese a las miserias de la vida cotidiana sin salir de la vida cotidiana. La novela es, por lo tanto, un ejercicio arriesgado, difícil, pues Ford no quiere salirse de lo conocido, no quiere sacudir al lector con capítulos impactantes, y así consigue -insisto, algo muy difícil para un escritor - sorprendentemente transmitir mucha verdad y mucha sinceridad -Bascombe es un alter ego - sin faltar jamás a la llamada del gozo literario hablando del periodismo deportivo, de la pérdida de un familiar cercano, de las desazones de no conocer nunca bien a la persona con la que duermes -conocer no es saber qué hace a una determinada hora o qué le gusta comer -, de la dificultad de la amistad verdadera, temas que no son nuevos ni él intenta que así se presenten, pues su labor es otra y mejor: no hacer falsa literatura, no fingir, no llenar páginas con verdades únicamente literarias. Es un territorio al que pocos pueden acercarse y del que no se sale victorioso casi nunca. Richard Ford sí: la soledad de Bascombe, sus errores al acercarse a mujeres que no están esperándole está tan bien muy contado, con tanta llaneza, que ocurre con la novela lo mismo que con ciertas películas -hace poco volví a ver En realidad nunca estuviste aquí, de Lynne Ramsay, y tuve el mismo pensamiento- que le hacen a uno plantearse cuánto tiempo pierde leyendo otras, tan alejadas de lo esencial y lo reconocible, lo sólido sin andamiaje que hunda y lo genuino descategorizado, abierto, como un camino que lleva hacia un lugar vibrante y exento de tachones. 

   



  (La primera vez que leí esta novela acabé su lectura entusiasmado y pasé muy buenos ratos comentando fragmentos con otro apasionado de ella, el escritor Miguel Ángel Muñoz. Más tarde, mi amigo Juan Uceda la leyó y expuso en una de las reuniones de la Tertulia de la Calle Suipacha -a la que en una época u otra asistieron Juan Herrezuelo, José Luis Campos Duaso, el propio Muñoz, Antonia Moreno, Ana Hagen, Ana María Díaz Díaz, Carlos Espinar, Jacinto Castillo- unas conclusiones muy bien documentadas que me hicieron ver otra lectura que no he olvidado y que complementó la mía. Sirvan estas líneas como sentido recuerdo y homenaje a este querido amigo ausente, que fue el mejor para mí en aquellos años y cuya desaparición nunca ha dejado de ser una herida abierta.)

   

Haruki Murakami: 1Q84

    




   Entretenida novela que se lee con gran facilidad y que se vale de unos pocos elementos muy imaginativos  para contar una historia de amor que no es intensa pero tampoco estólida. Murakami consigue con ella aumentar el número de lectores fieles y crea imágenes duraderas -las dos lunas, la crisálida, la autopista- que constituyen la mejor marca del autor del fantástico. Hay ciertos momentos -los pequeños personajes - y ciertas risas que la aproximan a la literatura infantil o juvenil: no sé si son devaneos o simplemente inserciones que Murakami no ha podido sustraer por su plenitud visual.  El cruce de destinos, recurso muy usado que no es manejado con intención de asombrar, no entorpece aunque tampoco está usado con particular brillantez. La figura del detective está vista con humor y con el tacto suficiente para no ir de la parodia a la burla descafeinada, pero es un añadido poco útil para el desarrollo de la trama, más parece un deseo de utilizar a un personaje clásico que otra cosa: homenaje que a los lectores de novela negra no nos convence demasiado y admitimos a alguien que se nota que también ama el género. 

   Y, sin embargo, recomiendo su lectura: hay una prosa que no es ajena a la creatividad plástica y a la meditación sucinta pero jugosa, un juego interesante con la escritura de un libro misterioso y mucha, mucha libertad del autor para contar su historia, lo que la aleja de la formulación bestsellera. Son muchas páginas y habrá quien dude, pero tendré que decir que solo le ocurrirá a ese lector que está ante su primer libro de Murakami. 

Norman Mailer: Un sueño americano

    Pocos escritores ha habido y habrá -entre los grandes, preciso - tan duros como Norman Mailer, que hayan apuntado tan directamente a ese espacio en el que duele y que al lector lo hace revolverse en la silla, darles vueltas a sus viejos y a sus nuevos pensamientos. Ay, ¿qué fue de los autores que incomodaban, que arriesgaban en cada libro, que no se contentaban, que se exponían no por lo fácil y lo asumido sino por lo difícil y lo harto problemático, lo que aún no se ha asumido y quizá no se asumirá nunca? Leer a Norman Mailer es entrar en una jaula de fieras, ir río arriba, es volver el cuchillo contra nuestro pecho. Buen ejemplo es esta novela, que empieza con un hombre que mata a su mujer y narra en primera persona lo ocurrido. Podemos estar seguros de que no habrá a continuación moralina, y a pesar de que la novela está escrita en 1964 no habrá condenas fáciles, remordimientos superciales, explicaciones para lectores distraídos o consumidores de un libro al año. Mailer va al nervio, golpea con fuerza, reclama la atención a porrazos. Y no lo hace para alardear, para subir a la primera posición en la lista de los más llamativos y provocadores. Su interés narrativo responde a la gran duda -algo que muchos no vieron, no quisieron ver para quedarse con la imagen del tipo con el gran ego y la mano dura- que aborda la más duradera literatura: ¿de qué está hecho el ser humano, qué odios lo embargan, qué amores lo desatan? Y para eso no duda en servirnos sus verdades con escenas que nos hacen dar un paso atrás, sentirnos manchados, dolidos. Mailer podrá atraparte o no, pero no podrás decir que es falso, que solo sirve vana literatura en las páginas de sus novelas. 

   Un sueño americano disecciona el ímpetu de poder, lascivia, dominación que surte de vida a algunos poderosos, constructores de grandes edificios de bellas fachadas y seguros cimientos que esconden historias de paralizantes miserias enterradas que ya no desprenden ningún olor delator, lo que se ha conseguido mediante dinero y palabras y amenazas y aproximaciones más o menos confesables. Cerca de esos victoriosos caballeros y exultantes damas se mueve un tipo que se ha casado con una heredera caprichosa a la que ama y detesta con la misma fuerza con que por ella es amado y detestado, signo y señal de la vida cotidiana de la gente importante ante los que consideran sus subordinados. Cuando mata a su mujer no sabe si detenerse, pero después no duda en acostarse con la criada de ella. Más tarde, descubre a otra mujer y se queda encandilado, pero la violencia lo persigue: cuando abres una botella, has de beberla hasta el final. En el interludio previo con la policía y su consabido interrogatorio punzante y descorazonador verá que no cuesta firmar un escrito de culpabilidad, seas o no culpable, pues convencer y derrotar o derrotarse es solo un paso cuando vas al lugar donde ya te consideran malo. Y no firmar es un acto de voluntad, de rebeldía, que solo rompe una mirada fija, la de un detective que no solo actúa, sino que sabe empatizar. Si no firmas es porque no te aprietan lo suficiente. Vamos a confesarnos, piensa el narrador, pero ante otros ojos, ante otras bocas, ante otras manos, lejos de papeles que verán un juez y un jurado. Decir la verdad primera es en este mundo corrompido y con tintes de horror dostoievskiano algo inacabado que no comporta inmediata condena si no te declaras vencido. Hay muchas fichas, muchos intereses, muchas mentes que solo piensan en lo mejor para ellas mismas. La radiografía continúa, a Mailer no le tiembla el pulso y su personaje se ve ante la idea de suicidarse para pagar por el asesinato cometido. Pero ¿ se paga con un sucidio el haber arrebatado una vida? Sorprendentemente -lo digo para aquellos que miraron en la wikipedia o lo recordaban y ahora piensan que Mailer era un misógino o algo peor, que lo condenaron por delitos de violencia doméstica-, el narrador no busca la respuesta en sí mismo y se aproxima a otros para que las llamas inevitables lo asen, lo tuesten o lo doren nada más, y ahí la novela entra en ese lado que en estos tiempos de corrección y justicia pulsante en redes sociales se ve claramente incómodo y muy alejado de lo atestiguador para alejarse hacia una visión más personal y ciertamente magistral en su formulación que arrebata por su sinceridad sin fondo y su exposición sin capas de doblez de la debilidad humana, de la maldad humana. 

   Leo a Norman Mailer como a uno de esos autores de los que siempre aprendo algo, con los que tengo la sensación de que cada una de sus páginas es oro, y me reconozco en algunas de sus ideas y sus intenciones narrativas, pues algunas de mis propuestas de ficción son parientes de las suyas, no deudoras pero sí de alguna manera continuadoras. No hay nada peor que la novela o el relato autocensurados, cortados por el miedo al rechazo del público o a la repulsa de los ejecutivos editoriales. Mi libro Almería 66 contiene relatos que a algunos les parecerán demasiado duros, en la frontera de lo permisible, lindando con lo reprobable y lo nefasto. Mi novela Los atrevidos medita sobre qué hacer con un violador no confeso veinte años después de haber cometido sus salvajes actos destructores y aboca en sus conclusiones a incomodidades varias. Nunca he buscado más que la verdad en lo que escribo, y eso significa la verdad de los personajes y del texto, a lo único que me debo. Mailer tuvo mucho éxito, y yo ninguno. Él lo buscó, yo en absoluto. Acaso él pretendió agitar a lo bruto en algunos pasajes, pero estoy seguro de que perseguía un mejor entendimiento de la esencia humana, no otra cosa. En eso estamos unidos. Por eso lo reivindico y celebro tener algunos libros suyos aún pendientes de lectura. Y cuando hablo de ellos creo que realizo una labor necesaria y positiva, y gratuita, dada en un blog, para todos, para todos los que no se conforman con lo dicho y sancionado por los demás y siguen leyendo y descubriendo y descubriéndose y concluyendo que la existencia es lo más duro pero también lo mejor que tenemos. 



José Luis Campos Duaso: Perpetuum Mobile

 




   Perpetuum Mobile es una obra con dos etapas muy diferenciadas. La primera parte (1990-1993), que finaliza en el poema Las edades del otoño, respira un aire de continuidad, por su técnica y su temática, con respecto a un libro anterior del autor: Estelas de un funambulista imaginario. Es un universo de estrofas inspiradas por la sensibilidad del momento: el poeta decanta su conocimiento en el poema. La segunda, de una extensión cronológica dilatadísima, recoge composiciones desde 1993 hasta el presente. Aquí la relación entre el autor y su obra se invierte, de manera que algunos de los poemas, desde su mismo proceso de creación, han influido de manera notable en la trayectoria vital del autor: el poema decanta su conocimiento en el poeta.

Javier Marías: Berta Isla

 


   Berta Isla es la novela de un maestro de la literatura, de un virtuoso de la prosa que se sabe dueño de un estilo y de una manera de decir y que con gran comodidad nos plantea una historia de intriga que en manos de un autor menos capaz habría devenido novela de entretenimiento y solaz únicamente, pues a esto se presta el contar con un agente secreto y un asesinato en la primera parte del libro, donde se fragua lo que vendrá después y ha de prender en la imaginación de un lector que a continuación asistirá satisfecho a los avatares de los personajes metidos en algo muy parecido a una obra de teatro, con abundantes y largos diálogos que convocan temas como el doblez, la obligación y el secreto, el compromiso con la patria y con el amor, el paso del tiempo que no es de uno sino de quien lo maneja desde su esfera de poder y decisión inapelable. Pero, con ser la novela de un maestro de la literatura, no es esta una gran novela de Javier Marías, ya que hay demasiada síntesis en ella, demasiada contención aventuraría a decir, como si la mente creadora hubiera controlado en exceso el esfuerzo y hubiera domesticado demasiado a los personajes y las acciones que podrían haber llevado a cabo para reducirlas a un enseñar y ocultar que es juego con sentido pero es también juego de sabio que ha puesto excesivos límites y ha estructurado y dedicado mucho a pensar en el andamiaje y menos en el contenido de lo que hay tras el ladrillo y las hermosas ventanas. Decir que no es una gran novela de Javier Marías, eso sí, no quiere decir que no sea Berta Isla una gran novela si se la observa desde fuera del autor: en el panorama actual, menos de sobresaliente no me parece esta novela, pero en el conjunto de la obra de Marías la veo como una especie de remanso, un tomar fuerza antes de ir hacia un objetivo más grande, más abierto y arriesgado. No es palabra repetida, música ya escuchada, algo a lo que estoy seguro que no se prestaría jamás Marías, un creador casi único en las letras actuales, pero sí es canto a media voz, canto calmado, y lo mejor del escritor madrileño siempre aparece cuando el empeño es mayor y muy desafiante, porque ante el reto enorme nunca regresa sino con un triunfo mayor e irrebatible, como prueba sobre todo Tu rostro mañana, una de las mejores novelas del presente siglo, una de las mejores novelas que he leído y una de las que más admiro.

Almudena Grandes: Los aires difíciles

    




   Las novelas de Almudena Grandes son un placer para el degustador paciente y reflexivo, también para el que gusta saber solo de una trama y unos personajes. Qué bien escribe, qué bien define, qué bien colorea con los adjetivos, cómo nutre al sustantivo con adjetivos inhabituales y armónicos, qué bien plantea los conflictos de los personajes y qué bien entra en ellos para contar sin forzarlos, sin que sean marionetas, objetos móviles en un entramado de sensaciones y vivencias: qué arte tiene Almudena Grandes al escribir. 

   Los aires difíciles se lee con gran deleite porque Grandes, además de escribir como pocos —su prosa es de las mejores que hay ahora y tiene la solidez necesaria para ser considerada una de las mejores de nuestro idioma, ayer, hoy y siempre— ofrece una historia que está surcada por emociones profundas cuyas raíces en los personajes van desvelándose poco a poco, como en las mejores novelas de misterio, y por una inquietud que despierta en el lector el ánimo participativo, como conviene a quien narra para un gran público. No hay elitismo en la obra pese a la prosa de frase alargada, de aliento en ocasiones extendido, de río que no se detiene ante nada —una secuencia es magistral, con la alternancia de dos acciones que se imbrican en un alarde de virtuosismo y perfección como pocas veces vemos en escritores de la actualidad: se habla en ella de la amistad entre hombres con una mirada tan pura y tan concluyente que cualquier otro creador solo puede celebrar y sentir sana envidia—, pues la cadencia es la de la voz que dice y espera ser escuchada, no se vuelva sobre sí misma, hacia su cerrado interior. No hay tampoco un deseo de sorprender vanamente, y se agradece que Grandes se haya aplicado a sacar y mostrar lo mejor de lo que la trama y sus buenos personajes podían ofrecer sin recurrir al efectismo, al suspense bestsellero ni a la indefinición valorativa, que habría convertido la novela en un susurro inefectivo que la habría alejado del gran logro que supone dedicar casi seiscientas páginas nunca excesivas ni estiradas a desarrollar lo que en otras manos, y más en este momento de nuestra narrativa herida por el afán de guionizar y dar mascado, habría quedado reducido en extensión pero también en esencia, en verdad si se hubiera apostado por narrar de manera superficial y cantarina o vulgarizante, sin una ambición profunda y contrastada página a página en este gran libro conseguido por una Almudena Grandes que destila amor por cuanto dice, calla y enseña en cada párrafo, en cada línea de Los aires difíciles, que no es una obra perfecta ni necesita serlo para asentarse en una categoría merecidamente destacadísima. 

   Hay reparos: que la criada vuelva a ser andaluza, lugar común en nuestros creadores que Grandes no ha conseguido sortear; que el acento madrileño sea claro y puro y envidiable y plasmación de mejora como indica el narrador cuando Maribel empieza a pronunciar mejor las eses; que la historia, galdosiana y de desarrollo nada previsible, hable de clases sociales pero no apueste más claramente por su evolución o desaparición, aunque esto queda compensado por la unión de una familia inesperada y que no responde solo al estímulo acogedor de la sangre heredada; que el melodrama sobrevuele a ratos y, aunque nunca llega a posarse ni a enturbiar la historia, jamás se aparte demasiado. Son los reparos que se le pueden poner a una autora tan importante como Almudena Grandes, a quien el que suscribe le exige más que a otros, porque el deslumbramiento, el hechizo que lo ha atado a estas páginas tan llenas de aciertos creativos es tan abrumador que los pequeños detalles le provocan incomodidad, la picazón que queda en el admirador que ve algunas pequeñas cosas entibiadoras que en la belleza que contempla considera injustas, no descuido ni acomodo sino trazo voluntario pero no vertido con la misma pulcritud o la misma gentileza. En cualquiera caso, esta novela no es solo una de esas que uno recomienda vivamente a un amigo poeta o a un amigo que escribe novelas y ensayos, sino a todo lector que quiera saborear lo más decisivo de la literatura, pues posee el imperecedero ingrediente de la palabra hermosa que tanto escasea y que Almudena Grandes entrega, afortunadamente, a espuertas en cada texto que da a imprenta.  

William Faulkner: Los altos

    Al margen del género que prefiramos, lo que más importa en la literatura, sigo pensando, es que el autor nos hable con profundidad de la condición humana, pues humanos somos los lectores. En esto hay pocos escritores como William Faulkner, el maestro de tantos y poseedor de un estilo y una sabiduría nunca enteramente comprendidos ni celebrados. El relato del que hablo es uno de los mejores ejemplos de su humanidad plena y despierta, de su humor que enternece y de su pensamiento sobre el mundo y las almas de los hombres que viven en familia, en comunidad sin perder su esencia, su identidad, su valor como personas pese a las acciones de los gobiernos, pese a las arbitrariedades y los obstáculos para llevar una vida lógica y más libre y más auténtica. Aunque puede parecer que se trata solo de cabezonería y de posturas recalcitrantes de negadores del progreso y de la unión social, los agricultores de este relato creen por encima de todo en el valor de los actos individuales que forjan un espíritu y no niegan la integración en el mundo de los demás, defienden a los otros y dan sus vidas por ellos si es preciso pero no se niegan a sí mismos ni se dejan manejar impunemente por los que deciden qué se ha de hacer con el esfuerzo ajeno. Cuando leo a Faulkner tengo la sensación de leer literatura adulta, y en su prosa elaborada y rítimica encuentro el vigor del que apuesta por la mejor forma de contar libre y sin mirar al contador de estadísticas ni de ganancias y en sus historias hallo las formas más sinceras de humanismo que pueden darse. Volver a Faulkner es volver a casa.  





Gert Nygardshaug: Mengele zoo

    Las novelas en las que se defiende con sentido a la naturaleza, a Gaia, son pocas. Para lograrlo, el autor debe creer en las tierras y en los habitantes que en ellas hubo, no acercarse a saber de ellos como un chucho que en su recorrido por una calle cualquiera se aproxima y olfatea bajo el tronco de un árbol. Ha de tener fe en lo que dice, convicción, ha de salirle de dentro. Porque eso se nota, se percibe si se dice creyendo o porque se ha optado por una moda o una convicción pasajera y acomodaticia mientras se escribe un libro. En este mundo de ahora en que tantos escritores se documentan y hacen suyos otros materiales, los autores que cuentan de primera mano, que vierten y entregan algo de pulso propio me interesan más que los que hacen que sus textos huelan a papel viejo. Mengele zoo es un buen ejemplo de literatura hecha por un autor que ha vivido lo que cuenta, que no ha viajado hacia fuera sino hacia dentro, que ha convertido en novela lo que le desvela, abruma, conmueve. Es un texto de alguien que de verdad cree en la defensa de la naturaleza y de Gaia. 

   La elección del tono de fábula es un gran acierto de este libro. Vamos con su protagonista, Mino Aquiles Portoguesa, desde la selva profunda hasta las ciudades más habitadas, polucionadas, destruidas por la rapiña humana. Cuando lo conocemos es un niño que vive feliz cerca de sus padres y amigos, en un medio natural en el que se puede ser feliz aunque haya miseria. No cuesta empatizar con él, con su movimiento incesante y su imaginación creciente que va acogiendo historias y deseos muy humanos. Gracias a las dotes de fabulador de Nygardshaug salimos de nuestro mundo consumista y conformista sin sobresaltos, pues creemos estar ante un cuento elegante y memorable, acogedor y nada fiero. Por eso, cuando llega la tragedia y la fábula absorbe a la pesadilla no damos un paso atrás, no abandonamos nuestro estado de empatía y no abandonamos a Mino pese a lo que vendrá a continuación: asesinatos, un gran arrebato que solo detienen la venganza fría y las ejecuciones cuidadosamente planeadas. Jamás perdemos de vista el tono de fábula y entendemos que los actos terroristas de Mino forman parte de un cuento que nació cuando él escuchaba historias extraordinarias de pequeño y ahora vive momentos de extrema delicadeza que cuestan vidas. No condenamos rápidamente a Mino por eso, porque el principio del libro, tan pegado al relato de iniciación tradicional, no es un prólogo ni una justificación sino que forma parte de un todo: la defensa de los pobres que son exterminados para que el primer mundo no carezca de nada y siga imparable su carrera hacia el precipicio y la autodestrucción. Mino es un terrorista ecologista, ama a Gaia y entiende que ella vale más que los que la hieren y la maltratan. Y sus actos siguen a sus pensamientos. Mueren tribus a las que se extermina con saña y con ocultaciones casi sádicas. Mueren animales y plantas cuya presencia y olor nunca será conocido. Mueren los que causan ese mal. Así piensa Mino, así va intentando hacer recapacitar. Mata con cerbatanas, con dardos, con veneno que proceden de las grandes selvas tropicales. Mino cree acaso ser un pequeño dios hijo de una gran diosa que es Gaia. Y en nombre de Gaia actúa. 

   




   Una lectura literal de esta historia nos echaría atrás, qué duda cabe. Mino mata en una ocasión a cientos de personas. Nuestra moral no acepta el salvajismo, aunque sea en nombre de Gaia. Pero la fábula te planta ante tu propio rostro, ante tus propias costumbres, tus propias acciones y dejaciones. De ahí el gran éxito de lectores en Noruega. El lector que sabe que esto es una fábula -envuelta en una estupenda piel de aventura- devorará el libro y no podrá retroceder: cada pérdida es un zarpazo para todos, pero cada pérdida es la pérdida de una vida humana e igualmente la pérdida de un animal hermoso que es destruido en su hábitat natural, e igualmente la pérdida de especies cuyo olor nunca conoceremos, pues Gaia piensa que todo está sobre su piel, todo respira porque ella vive, todo tiene futuro si existe antes que ninguna otra cosa el respeto por lo que está ante nosotros. La humanidad corre hacia el precipicio, no para, aumenta la velocidad de su carrera, va ciega y está ocasionando destrozos irreparables solo para que unos papeles a los que damos el valor de dioses-moneda manden y sobrevivan, pero ese papel proviene de un árbol, de un sudor, de un dolor, y no podemos dejar de verlo. Mengele zoo ha puesto un valioso granito de arena, unas horas exquisitas para volver a abrir los ojos y volver a ser de verdad humanos.